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Historias · 3 min de lectura

Una mañana en el metro de Madrid

Madrid, Octubre 23

Un joven ayuda a una mujer mayor a bajar unas escaleras

Era octubre y el frío empezaba a asomarse en Madrid. Me apresuré saliendo de casa – ¡Vaya! había olvidado el paraguas – Corriendo, salí del portal intentando ponerme el abrigo mientras sujetaba el ordenador con una mano y me cubría la cabeza con la otra para no mojarme. La semana pasada Christopher, el jefe de la redacción ya me había dado un toque por llegar 7 minutos tarde a la oficina, y entre palabrotas me había dejado claro que no me lo volvería a permitir.

Corriendo entré en la boca del metro, mientras hacía malabares para no chocar con la gente. Pasé la tarjeta y entre en la estación, con la respiración entré cortada debido a la carrera matutina, me fijé en la pantalla que indicaba que el metro llegaría en 2 minutos. Aproveché para sacar mis cascos y ponerme la misma playlist que solía escuchar cada mañana – Eric Clapton comenzó a retumbar en mis odios -.

Pusé un par de canciones a la cola, y metí el móvil en el bolsillo de mi gabardina verde. Me fijé en un señor anciano que se puso a mi lado, él se percató y me sonrió mientras enrollaba su pequeño paraguas negro. Enseguida me enternecí recordando a mi abuelo Ramón, quien había fallecido hacía un par de meses a causa de un infarto. Me acordé de esa famosa frase que me dijeron el día de su funeral – los abuelos deberían ser eternos -.

Por fin llegó mi tren. Entre empujones conseguí subirme al metro, el cual estaba completamente abarrotado de gente. No perdí de vista al anciano, que, con cierta dificultad, intentaba abrirse paso entre mochilas y paraguas para conseguir llegar a la barra y agarrarse.

Me llamó la atención, que aquellos afortunados que habían conseguido sitio, no levantaran las vistas de sus móviles para ver, si quizás a alguien lo necesitaba más que ellos.

Pasaron sólo dos minutos, hasta que un chico se levantó de su asiento, y con un divertido acento italiano, le dijo al anciano – Scusi segnor – mientras le señalaba con la mano el asiento para que se sentara.

El anciano entre agradecimientos, se agarro al brazo del chico, y consiguió llegar hasta su asiento, donde permaneció sentado, y sonriente, el resto del trayecto.

En mi corazón, yo también agradecí a ese chico italiano, que hubiese tenido ese acto de generosidad con aquel señor, que, aunque yo no conocía, sabía que quizá dos meses antes, podría haber sido mi abuelo Ramón.

Allí me di cuenta de que solo cuando levantas la mirada, entiendes realmente las necesidades de los demás, y de que ese pequeño gesto, seguramente había mejorado de alguna forma, el día de aquel tierno anciano.

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